Con puntualiadad británica The Kooks se toma el escenario de un Caupolicán lleno o así al menos lo hacían sentir con el griterío que se armó cuando la banda entró. A primera vista, la típica banda brit-rock-pop british, look clásico de pantalones pitillo, poleras monocromáticas y camisas escocesas. Después Luke Pritchard mostraría sus mañas, gran talento vocal con tremendo registro, segunda guitarra pero capaz de montar un mini-show el solito, como se le vió en el encore. Pritchard es hiperkinético en el escenario, todo un Pelle Almqvist brit con movimientos del micrófono y quiebre de rodillas varios. También mostró su lado rock star cuando lanzó una porfiada guitarra que no sonaba al escenario para delirio de la contertulia, antes del tema “Do You Wanna”. Después se reconciliaría con el roadie, a quien pidió un apaluso y saludó con un cariñoso beso. Igual, los chiquillos eran un témpano de hielo, cero entrega escénica y contacto con el entusiasta público presente, de hecho Pritchard se fue casi sin despedirse y sólo el batero Paul Garred, vale la mención, fue tan amable de lanzar unas baquetas y aplaudir al respetable.
Ah, si, también hubo música de por medio, Kooks muestran sus argumentos rápido en su primer tema “Always Were I Need to Be”, indie rock de alto ritmo, poca pausa, una guitarra media engañosa (a veces media Libertines, otras The Kinks y no me pueden decir que “Stormy Weather” no tiene algo de White Stripes). Las referencias rock son claras pero también son chicos romanticones que hacen canciones lentas, hechas para el sing-along con el público femenino, como en “Shine On” o “She Moves in Her Own Way”. El lado lento y meloso es mucho más fuerte que el roquero, que nunca es un rock abrasivo sino más bien “femenino” en el buen sentido de la palabra, delicado y bien intencionado (si hasta el vocalista ha declarado que escribe música para chicas), lo cual explica la tendencia del género presente en el recinto de San Diego. A nivel de show hay poca sorpresa, no vemos solos intempestivos o alguna sorpresilla que no haya sido estudiada previamente, hasta la puesta en escena es bien fome (¿tanto cuesta un lienzo con el logo de la banda detrás?). Kooks termina siendo una banda que cae bajo su propio peso, lindas canciones casi siempre inclinadas hacia un espectro más que al otro, lo que a la larga no convence y deja la sensación de que hay poco espacio para algún desarrollo o mejora en el futuro. Pero al público sub-19 del sábado pasado poco y nada le importa, ellos gozaron a destajo los ochenta minutos de show.
lunes, 15 de junio de 2009
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