Hay bandas que permanecen, nunca se van del inconsciente colectivo o personal, están adheridas a nosotros a fuego y, aunque pensemos que las hemos olvidado, basta un mínimo acorde, un ruido de guitarras o un sonido del teclado para que todo nos vuelva a la mente y recordemos fugazmente el momento en que escuchaste esa canción por primera vez. Café Tacuba se fué y no volvió por mucho tiempo, el último show que dió en Chile fue por el verano del 2004, donde llegaron a estar en el Festival de Viña, una aparición poco recordada por lo demás. Para mi había una deuda pendiente, como el grupo más importante y reconocido de rock latino de la última década (como mínimo) han sonado tan poco en los últimos cuatro años, no puede ser. Pensando brevemente todo esto se apagan las luces de un Caupolicán lleno y aparecen los artistas.
Rubén Albarrán (o Cosme o como cresta se llame ahora) debe ser la persona más carismática del mundo. Lo ves sólo por un segundo y te conquista, como conquistó a la parcialidad desde el primer saludo hasta la despedida final, la gente se rindió a sus pies y le demostró su cariño en muchas oportunidades, la más recordada cuando, antes de tocar La Chica Banda, un fan atravezó el escenario y le dió un abrazo de esos que dejan tortícolis, incluso llegó a botarlo al suelo. Uno pensaría que el tipo se enojaría, como mínimo, nada de eso, se paró y le pasó el micrófono al emocionado chico para que cantara el primer verso. Un monstruo. También se dedicó a ponerse todo tipo de indumentaria que le arrojaban desde la galería, empezó con unos guantes y terminó hasta con un paraguas. Bueno, y canta, obvio que sí, todavía tiene ese tono de voz tan particular, aunque para llegar a los altos cuesta más, en El Baile y el Salón los esquiva adrede, aunque la gente está en medio de un trance psicótico-romántico y seguro no lo notan. El resto de la banda muy bien, Meme y sus sacudidas de cabeza frente al teclado, Joselo sin rastas pero igual de simpático y su callado hermano Quique, que se lució en Y Es Que, donde demuestra sus dotes vocales.
El show en sí perdió valor frente a la emotividad del mismo. Es como un partido de fútbol donde se juega con ganas y no tan bien técnicamente, pero terminas disfrutándolo más que cualquiera. No es que hayan tocado mal, para nada, pero la gente claramente quería saltar, quería La Ingrata, Las Flores, Déjate Caer (un himno de los tacubos), no querían virtuosismos guitarreros o solos eternos. Querían un carrete de casi tres horas. El concierto no fue consistente, yo lo dividiría en tres partes, el comienzo, un comienzo arrollador con Tengo Todo, Seguir Siendo, La Locomotora, Las Flores y Cero y Uno. De veras, casi muero. Eso hasta el primer encore. Después, la segunda parte con Eres, Déjate Caer y demases. De ahí el show entra en una serie de peticiones al público por canciones, como un wurlitzer en vivo, las canciones pierden un hilo común y la constancia típica de las bandas gringas (léase Interpol, como se vió hace poco). Ahí vendrían los temas antiguos, La Chilanga Banda, El Espacio y los del Ré, El Ciclón, El Metro. En un momento Albarrán le dice a la audiencia "Ojalá viniese Alvarito" con lo que pensé que si de verdad estaban haciendo hora a ver si el vocalista de Los Tres se aparecía en escena, cosa que no paso. Cada segmento tuvo su valor, fue más importante que el anterior, la emotividad se acrecentaba y poca cosa más importaba.
Después de sonar ese longevo recuerdo de los noventas llamado Bar Tacuba, la banda por fín se retira del escenario. Así fue el paso de los tacubos por la capital, largo, agotador y feliz. Una experiencia religiosa completita, la banda mexicana dió el concierto del año, que difícilmente será superado por otra banda. Albarrán dice que espera que pase menos tiempo para la próxima visita. Eso lo esperamos todos, no caben dudas.
martes, 3 de junio de 2008
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1 comentario:
ya po
actualiza gallo
soy tu fan.
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